Publicidad y Posverdad

Por: Vladimir Sánchez Riaño

 

En 1962 el profesor canadiense Marshall Mcluhan publica su célebre obra The Gutenberg Galaxy: The Making of Typographic Man, en la cual profetiza el advenimiento de la “Aldea Global”, un espacio más allá de lo geográfico en donde la humanidad habitaría un mundo conectado por la tecnología, con vasos comunicantes que terminaron desterritorializando la existencia de un espacio-mundo-real, y al mismo tiempo, reterritorializándola en un espacio-mundo-virtual. No muy lejos de allí (ni geográfica, ni temporalmente), en Madison Avenue y en Chicago, se daría la confluencia histórica de unos cuantos hombres emprendedores, con sensaciones, negocios e inteligencias diferentes; pero con objetivos similares, quienes darían origen a lo que hoy conocemos como la revolución creativa en el ámbito de la publicidad. Fue allí, en donde personalidades como Leo Burnett, Bill Bernbach, Ned Doyle, Max Dane y David Ogilvy, entre otros, fundaron el moderno negocio de hacer publicidad.

 

Medio siglo después, la publicidad, aunque se ha transformado, modernizado y caracterizado como uno de los fenómenos de comunicación persuasiva más importantes del siglo XXI y como una de las variables del marketing con mayor alcance e impacto, sigue construyéndose y reinventándose; como lo hizo en los maravillosos años que la vieron nacer al lado tanto de la generación de paz, amor y felicidad de Woodstock, como de aquella romántica generación de la libertad que proclamaba la constitución estética, ética e histórica de la juventud europea en ese ya lejano mayo de 1968.

 

Poco queda de aquel universo sepia, del retablo, de la revista, del radioteatro y de la televisión en blanco y negro con su número reducido de canales. Poco queda de aquel universo visto ahora con ojos de nostalgia de quienes alcanzamos a tener noticia de lo que pasaba al otro lado del mundo gracias al periódico trasnochado que encontrábamos en la vieja barbería del barrio, o de aquella noticia que se escuchaba en la onda corta de nuestros radios de tubos que una vez encendidos, tardaban unos treinta segundos en traernos su universo radiofónico y que ellos mismos se convirtieron en el vehículo de su propio slogan: “Tarde o temprano su radio será un Philips”. Hoy en día el universo lo tenemos tras un click, basta con “googlear” para que el mundo entero con los millones y millones de teorías, opiniones y trucos aparezca ante nuestros ojos. La verdad, afanosamente buscada y lentamente construida sobre la base no solo de la prueba y el error, sino de la autocrítica que se intentó construir en los cubículos de los sociólogos, los filósofos, los físicos, los químicos y en general los científicos, ya no necesita ser verdad. Como en el universo distopico del Big Brother ya no importa si algo es verdad o no, lo importante es que creamos que existe esa verdad.

 

Tal como lo apunta Gianni Vattimo, la democratización de los medios que permite que todos seamos comunicadores y publicistas, paradójicamente ha hecho menos transparente el mundo de lo que inicialmente pensamos; así mismo nos ha traído a quienes habitamos el mundo del siglo XXI una nueva dinámica, una nueva práctica, una nueva corriente que hemos llamado la Posverdad. Término acuñado recientemente por los sociólogos de la comunicación para referirse a la construcción y divulgación, principalmente en el mundo virtual, de verdades o mentiras emotivas que se originan en las sensibilidades, las emociones y las creencias de los individuos con el fin de penetrar con mayor facilidad la mente y los corazones de los públicos. Fenómenos tan importantes y definitivos como la elección de Obama y posteriormente de Trump como presidentes de los Estados Unidos y el Brexit en Europa, como consecuencia de la construcción de “verdades”, son ejemplos del papel definitivo de las redes sociales y de la sociedad de la posinformación a la que asistimos.

 

En Colombia lo sucedido en el año 2016 con el plebiscito sobre la paz, es un claro ejemplo de la posverdad. En efecto, las campañas se basaron más que en la persuasión, en la disuasión a través de la constitución de opiniones y verdades particulares convertidas en opinión pública y verdad indiscutible. Para ello se apeló a problemas tan sensibles como la ideología de género y el miedo patológico al comunismo expresado en la superficialidad del neologismo “castrochavismo”, que en su estructura profunda afecta las mentes de los individuos generando así un pensamiento posflorindiano (por doña Florinda, la del chavo del ocho). Así pues, la apelación a las emociones y las creencias religiosas permite construir la verdad que se quiere, sin que se necesite del hecho factual y objetivo de dicha verdad.

 

 

Allí en ese mundo de la posverdad, en esa democratización de la expresión, en esa construcción individual de los contenidos sociales a través de los procesos de viralización, se enmarca la publicidad de esta primera parte del siglo XXI. Allí,  en su esencia, en su profundo, sublime y olvidado ethos, la publicidad continua su camino; allí sigue, allí se construye, allí se queda apoyando y al mismo tiempo usando al hombre del negocio, de la monetización de la vida, de la banalización de la existencia a través de las marcas maquiladas por individuos invisibilizados y al mismo tiempo auto maquilados por la vacuidad del consumismo. Allí sigue la publicidad apostándole a su sueño barthesiano de que, al mostrar el universo simbólico y onírico de los productos, los convierte, al mismo tiempo, en objeto de la ensoñación y en valores sublimes de la cultura. Allí, Ad.Publico en su número 4, quiere vivir ese sueño y ser uno de los vehículos con los que se avizore que se vale soñar.

 

 

 

 

Volumen 2 Número 4   ISSN: 2462-9146

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